Todos hemos obrado en muchas ocasiones del pasado con ignorancia. ¿Como podríamos exigir que hable con propiedad una criatura que esta empezando a balbucear? De ese mismo modo, no hay que flagelarse por las acciones cometidas, cuando no teníamos el discernimiento adecuado.
Tampoco podemos evitar las consecuencias de lo sucedido, el inevitable efecto que sigue a toda causa. Lo que si, podemos hacer en este mismo instante, es reconocer la situación, saber plenamente el alcance de la misma, y no repetir un accionar cuyos resultados ya hemos experimentado, con el sufrimiento maestro que derivó de ello. Eso es salir de la autoignorancia y pasar al autoconocimiento.
Los seres de luz, conscientes de su divinidad, nos recuerdan todo el tiempo, el estado de observación continua, la comprensión de lo adormecidos que hemos estado en el pasado, de este nuevo y perfecto despertar, aquí y ahora, y de perdonarnos completamente por no haber sabido, pero teniendo presente en todo momento, la no repetición de hechos que causaron sufrimiento a otros y cuyo efecto recayó inevitablemente sobre nosotros mismos.
La culpa es un mecanismo de la mente para prolongar el sufrimiento. No más culpa, sino compasión y comprensión, dando lugar al goce de este nuevo, fresco y vital despertar de conciencia, que nos hace vivir en la verdad. Sabiendo que todo daño, toda intensión maliciosa, regresa a nosotros de maneras inesperadas. Cuidemos a nuestros semejantes, que somos nosotros mismos esencialmente. La personalidad puede ser diferente, lo físico es diferente, pero esencialmente, somos almas que compartimos la chispa de la divinidad. La energía divina es una sóla, extendida en varias almas, por lo tanto todo lo que hagamos a una sola de esas almas, nos lo hacemos a nosotros. Por ley de causa y efecto universal, toda energía que entregamos al universo, vuelve inexorablemente. Logremos lo que Jesús, consciente de su verdad expresó: “Ama a tu prójimo, como a ti mismo”





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